sábado, 21 de enero de 2017

REFLEXIONES

REFLEXIONES

Aunque la vida fuese eterna renunciaría, no porque no me encante y me llene de dicha ni porque de ella quiera escapar, no porque no me embriague de admiración y asombro con el mundo; solo diré que es suficiente, que ya basta.
No quiero que me sea arrebatada en un descuido, como cuando a un niño le quitan el dulce del que disfruta.
Quiero entregarla serenamente y con alegría; ya satisfecho, devolverla al dueño, al que me la ha prestado para hacer este espléndido y fugaz recorrido.
Estoy en la avanzada, haciendo fila en la hilera de la tercera edad a la que nunca pensé arribar, la vida es una prenda maravillosa, que me fue otorgada gratuitamente, sin haberla solicitado nunca, siempre la considere ajena, un regalo inmerecido, el pase para existir en este vergel.
Regreso el traje; sí, algo deteriorado por el natural desgaste del uso rudo, algo cansado, raspado, arrugado,  golpeado y lesionado de tanto andar por los extenuantes caminos de la vida.
Sé que se desintegrará el equipo que me fue entregado flamante, sé que se empezará a pudrir en el acto mismo en que deje de latir mi corazón y sea suspendida la aportación de oxígeno a todas y cada una de miles de millones de células que componen mis tejidos orgánicos, se harán polvo, nunca dejaron de serlo.
Aquí continuarán los fierros, los ladrillos, el cemento, el plástico y el vidrio; quizá por un largo tiempo, pero al fin también sucumbirán al cabo de los años.
Los egoístas recuerdos se disiparán entre nubes de olvido, las ideas intentarán resucitar de entre las cenizas por boca de los profetas, si son de utilidad.
La noche suplantará al día y el mañana aparecerá en el horizonte como siempre, nosotros habremos cumplido nuestro paseo y eso nadie nos lo quita.   

  

EL MUNDO IMPREDECIBLE

EL MUNDO IMPREDECIBLE

Sabíamos lo que iba a suceder cada instante, cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada estación, cada año, cada siglo, cada milenio.
Continuaría saliendo el sol por el oriente y ocultándose al poniente, el norte siempre estaría allá y el sur allí.  Los árboles seguirían moviendo sus ramas al ritmo del viento de la tarde, las hojas cayendo en el otoño, la nieve desprendida en copos tapizaría el suelo, la lluvia mojaría calles y campos en verano, las flores despertarían en primavera para regalarnos su fragancia y sus colores.
Los hombres seguirían con su frenético afán de enriquecerse, las mujeres pariendo y amamantando sus crías, las ciudades con sus ruidos y su humo palpitarían con su ajetreo cotidiano.
Creímos que todo seguiría igual, nunca esperamos que algo fuera a interrumpir nuestro letargo, pensábamos que nada cambiaría, que era la monotonía lenta universal la que nos mecía favoreciéndonos, que el tiempo era parejo en su acontecer, todo sucedía aplastante en una especie de rutina perenne,  que era un constante tedio de la eterna rueda.
La repetición cíclica infalible, lo que subía bajaba, lo que iba regresaba, la dualidad infinita devolvía lo ido, la fortuna girando para devorarse como ouroboro.
Finalmente nos dimos cuenta que la realidad era cambiante, que va modificándose de manera casi imperceptible para nuestros limitados sentidos y la modificación es lo único constante, el mundo se transforma a la par del universo, para sorprendernos, para sacudirnos, para despertar del letargo en que nos estuvimos petrificados.

Una nueva realidad nos apunta, nos amenaza, nos promete, nos convida a jugar con ella, más difícil, más complicada, más incómoda, más desafiante, más cruda; pero nos abre las puertas hacia el mundo nuevo, donde debemos desplegar toda la furia, el talento y el genio tanto tiempo adormecido.    

viernes, 13 de enero de 2017

MUNDO EN ORDEN

MUNDO EN ORDEN

-¿Por qué urge ordenar el mundo?-
- Es un hecho que el desorden y la incongruencia que imperan en el mundo, nos están llevando al caos, a la destrucción, como lo plantea la Teoría de Olduvai de Richard C. Duncan.
El desorden lo hemos heredado de las miles de generaciones que nos han antecedido, hemos llegado al umbral crítico y ahora toca pagar las facturas de la cadena de errores e irresponsabilidades propias de la barbarie primitiva, con todas sus consecuencias.    
Gran parte de nuestra creatividad la hemos invertido en la destrucción, los grandes avances en ciencia y tecnología han sido desviados hacia la industria armamentista, nos hemos desenvuelto en un arraigado contexto de desconfianza; lo que debiera ser herramientas, lo hemos convertido en armas cada vez más letales. 
La infraestructura económica que sostiene al hombre en este clima de incertidumbre por el futuro, no funciona como sistema inteligente que resuelva la supervivencia armónica de la humanidad.
El capitalismo en el que estamos inmersos, se fundamenta en el afán de lucro, la máxima ganancia, la especulación; lo que impide tomar distancia y ver el fenómeno completo, de manera holística y no reduccionista como cada parte lo ve desde su trinchera.
Los acontecimientos que han sucedido y siguen sucediendo, nos demuestran que en el Siglo XX se produjeron dos guerras mundiales que dejaron millones de muertos, heridos y víctimas, además de conflictos revolucionarios y políticos con su respectiva cuota de sangre y sufrimiento; hasta el día hoy no han cesado los conflictos regionales con graves consecuencias para el mundo.
Los grandes logros científicos y los avances tecnológicos nos han llevado a terrenos electrónicos asombrosos; pero las amenazas de la guerra y la violencia, siguen pendiendo de la humanidad como la espada de Damocles.
Es necesario que el hombre como un todo, como ser universal, habitante de un planeta paradisíaco, se detenga un momento a reflexionar sobre su destino como especie dotada de conciencia y reconsidere su convivencia a largo plazo en la tierra, sus actividades armonizadas en una sinfonía única, que busque su preservación en los tiempos por venir.
No debemos prepararnos para la guerra, toda esa energía y eficiencia humana que se canaliza hacia la violencia, debe re-direccionarse hacia la paz y la concordia, la cooperación y la colaboración, aunque suene utópico; de lo contrario, vamos hacia el suicidio de nuestra civilización.
Sabemos perfectamente los daños que causan algunas de nuestras actividades y las intensificamos por inercia histórica;  en vez de limpiar y aliviar nuestro hermoso planeta, cada vez lo ensuciamos y enfermamos más.
Conocemos que los combustibles fósiles son causa principal del deterioro ambiental y continuamos expandiendo la industria automotriz con motores de combustión interna, como consecuencia proliferan sin medida vehículos por todo el orbe, las grandes ciudades se plagan de coches, convirtiéndolas en estacionamientos enormes, donde el hombre se ahoga en humo.
Seguimos transformando en páramos bosques y selvas, envenenamos las tierras con desechos tóxicos, acumulamos miles de millones de toneladas métricas de desperdicios y basura en los campos antes fértiles, arrojamos a ríos, lagunas y mares empaques, plásticos y sustancias que tardan siglos en degradarse, cometemos una serie interminable de errores que provocarán la inminente catástrofe que ya se avecina.
Hay voces que gritan advirtiendo el peligro que significa este consumismo desenfrenado del que respira el capital y continuamos acelerando la carrera hacia caos.
Nos dicen que debemos dejar de emitir gases, frenar el crecimiento demográfico, parar la proliferación de la ganadería, principal emisor de metano; nos advierten del inminente agotamiento de los recursos energéticos, del debilitamiento de la capa de ozono, del calentamiento mundial, del derretimiento de los polos y no obstante la actividad económica sigue viento en popa, abriendo más fábricas de automóviles, con toda su secuela.
La industria armamentista es de las prometedoras comercialmente, progresa con nuevas tecnologías cada vez más letales e infames.
¿Qué es lo que nos impide llegar a la edad adulta como humanidad, para comportarnos inteligentemente de manera holística, es decir como conjunto de seres humanos sensatos y obrar como unidad y no como egoístas individualidades?        
 

                       


sábado, 7 de enero de 2017

QUIETO EN LA MUERTE

QUIETO EN LA MUERTE

Tenía tanto miedo de morir como de dejar de vivir, no quería respirar más que lo estrictamente indispensable, no moverse, no gastar su energía, no esforzarse, no fuera siendo que se lastimara, no exponerse a los aires ni al sol ni al polvo ni al calor ni al frío ni a los agentes patógenos, debía protegerse de las epidemias, por eso se quedaba quieto, quieto.
Renunció a todo riesgo, no volvería a ser feliz ni a gozar de alegrías, jamás regresaría a fumar, nunca tomar una copa, dormiría como un lirón, solo comería frutas y verduras frescas, crudas y desinfectadas, jamás volvería a probar carnitas, pozole, menudo, gorditas ni chicharrón; protegería su garganta, su pecho y sus articulaciones, al igual que su vista, dejaría entonces de leer y ver pantallas, mantendría los ojos casi cerrados para conservarlos nuevos, se sometería a la más rigurosa disciplina para no arriesgar su salud.
Le asustaban todas las enfermedades, el solo imaginar la pobreza le provocaba urticaria; ahora sobrevivía enredado en sus cobijas para que la intemperie no lo rozara, alejaba los malos pensamientos concupiscentes, rechazaba las tentaciones eróticas de las que había sido esclavo, de hoy en adelante el arrepentimiento sería su guía, nunca regresaría a esos placeres de los que había sido preso.
No volvería a pecar, ni a blasfemar ni insultar ni criticar, aceptaría con abnegación y en absoluto silencio todo lo que sucediera, no replicaría, obedecería sin parpadear y solo haría lo estrictamente correcto, sería impecable, no daría un solo motivo para ser reprendido, nadie le podría llamar la atención, actuaría con absoluto sigilo, pasaría inadvertido, no lo podrían señalar por mínima que fuese la falta, jamás cometería una.
No se arriesgaría a ningún peligro, ya no subiría a ningún vehículo, ni confiaría en nadie ni en nada, huiría de los problemas, no se enteraría más de tragedias y conflagraciones, tampoco de erupciones, temblores ni tormentas, el sol no volvería a quemar con sus rayos su piel ni el viento a llenarlo de tierra.


Le angustiaba ser atropellado, por eso se guardó herméticamente en su alcoba, le atormentaba ir al campo donde podía ser embestido por alguna res o devorado por la serpiente, el coyote o la zorra; sentía pavor con los perros, cuando los oía a lo lejos ladrar, se le desorbitaban de miedo los ojos, podía ser mordido y contagiado de rabia; le atemorizaban ratas, ratones y gatos, por eso no salía ni a la esquina.
Odiaba los insectos, moscas y cucarachas; le daban asco las lagartijas y los  tordos náuseas, hormigas y avispas pavor, por eso se enconchaba pálido tiritando en su catre.  Era alérgico al polen de rosas, claveles y tulipanes, todas las flores le provocaban dolor y tristeza, se deprimía con canarios, pericos, colibrís y mariposas, todo le hacía daño.
Quería vacunarse contra todo, en el fondo reconocía que se estaba yendo. Aferrado en su delirio, suplicaba un minuto más de agonía, pero no, el tiempo se extinguía, el miedo lo penetraba ¿Qué traía en su conciencia?
¿Qué no se habían ya olvidado sus robos, sus abusos, sus fraudes, sus delitos, sus crueldades, sus crímenes? ¿Qué no había ya pagado sus culpas? ¿Acaso sus donaciones a las mejores causas no contaban? Había pedido perdón en silencio a las viudas, a los huérfanos, a los heridos e inválidos que había mandado torturar, había regalado al obispo canastas pletóricas de buenos vinos y de dulces. ¿Por qué no se apiadaban con él ahora los dioses? Dejándolo vivir siquiera unos minutos más.
Abría los ojos, para repeler la muerte que lo chupaba, lo jalaba, se lo comía.               
Ya no hay prisa - le dijeron voces celestiales-, ya no hay apuro, nada que hacer; si nada debes y nada te deben, descansa en paz - y se quedó muerto, como dormido.           


ESOTERISMO

ESOTERISMO

Hay algo “más allá”, oculto entre los misterios insondables, premoniciones, profecías, secretos escondidos, los dioses atentos, Hermes Trimegisto, las pirámides, los jeroglíficos, las profecías, los templos sagrados de los Esenios, los mamotretos escondidos, los rollos del mar muerto, los significados de las estelas grabadas en la cantera de ruinas de remotas y desconocidas civilizaciones; dragones, unicornios, el minotauro, el cancerbero, el demonio y bajo la tierra los reptílicos seres alienígenas.

El firmamento pleno de ovnis, ufos, platos, luces extraterrestres; brujos, hechiceras y chamanes azuzando el fuego con delantales y sombreros; más allá, la danza desenfrenada de los concheros, saltando al son de las chispas, los tambores y el caracol.

Se desplazan los horóscopos vaticinando gracias y desgarres, el zodiaco prende la noche de constelaciones anunciando los signos fatales, los milagros están a la orden del día, las curanderas preparan pócimas y brebajes para todo encantamiento; ungüentos, pomadas, cataplasmas y jarabes se recetan a discreción; amuletos y talismanes de la suerte alejan  los espíritus perversos.

Guijas, oráculos y tarots se consultan sin descanso, la palma de la mano tiene líneas que hablan del porvenir, los residuos del café recitan dulces ilusiones. Los vaticinios no se equivocan. Cuerpos etéreos, auras y aureolas resplandecen al lado de las bolas de cristal que todo adivinan, las cartas predicen los sucesos. Velas y veladoras son encendidas entre sombras parpadeantes, inciensos de mirra y pacholí, impregnan con delicioso aroma la atmósfera fantasmal que rodea el altar de sacrificios.

Llegan invocados los fantasmas, resucitan sus voces al invocar su regreso las médiums, los poderes ocultos surgen de ultratumba, serpientes y alacranes suben por las piernas, lenguas y colmillos enseñan las fauces abiertas bajo las cruces, el canto del búho y el aullido del lobo penetran el silencio, cortándolo con filo de guillotina.

Changó, vomita lebras y culebras, la locura hace su aparición con el ritmo del vudú, las profecías se cristalizan, las adivinanzas se cumplen, los destinos se verifican, las premoniciones se ejecutan, las corazonadas estremecen; nada queda sin determinar, nada qué comprender, solo observar,  porque todo fue predicho por las escrituras sagradas redactadas en el más allá.                 


ANSIA DE SABER

ANSIA  DE  SABER

No, no se consolaba con tan solo una débil explicación, quería conocer el fondo de las cosas, las razones de los fenómenos, agotaría toda su potencia en la indagación de motivos y causas.
Siempre, desde niño se interesó en desentrañar los misterios que le traían asoleado, su curiosidad era inagotable y generalmente insatisfecha.
Quería entender todo, absolutamente todo, no había nada que cayera fuera de su interés, menos las frivolidades y las apariencias fútiles; anhelaba comprender qué fuerzas ocultas provocaban las reacciones físicas y químicas, deseaba saber los orígenes de todo cuanto hay, buscaba siempre, investigaba, analizaba concienzudamente en el laboratorio, en el centro astronómico, por micro y por telescopio.
Apenas había sacado una conclusión más o menos válida, cuando otro fenómeno escapaba de la ley descubierta, los contextos evolucionaban hacia regiones inimaginables.
-¿Por qué, por qué?- se preguntaba una y otra vez,-¿Qué misterio se esconde detrás de las cosas todas?-
Así pasaba los años, persiguiendo verdades incólumes, así conoció que no hay leyes eternas, se dio cuenta al final de sus días que el principal misterio al que se enfrenta un hombre es a sí mismo.


     

CONTRASTE

CONTRASTE

Le daba miedo el diablo, también los dioses, todos amenazan a cual más; era temeroso, se cimbraba de pánico ante cualquier sombra, sufría tremendos escalofríos al acercarse algún insecto, se la pasaba siempre escamado; cuando su hermano reía de gusto al ver a los caimanes retozando en el pantano o se interesaba al ver el festín de los buitres devorando con desenfado la carroña; ellos eran diferentes, casi opuestos.
Siempre asustado en los atardeceres, cuando la penumbra anunciaba la noche y los lobos empezarían sus escalofriantes aullidos, se cubría los ojos con sus temblorosas manos, para luego, empapadas de lágrimas, secarlas en sus ropas; su hermano lleno de vigor le placía acariciar a las bestias y revolcarse con los animales imitando sus rugidos y gemidos.
-¿Por qué siento siempre tanto temor?- se preguntaba gimoteando con exagerada timidez y suspiraba a punto de llanto con la mirada puesta en el cielo, estoy como espantado  y tú- le decía al hermano – ¡como si nada!,  ¿No sientes el peligro que nos acecha constantemente?  Impávido su hermano,  el sereno, se divertía observando el azul del firmamento manchado de blancas nubes, por dentro una balanza equilibraba a su agradecido y dichoso espíritu que, sin condiciones,  había aceptado la realidad que ya  se  despedía.
Su hermano, el triste, se llenaba de melancolía por las mañanas, una tremenda depresión le invadía el pecho al medio día, su corazón palpitaba dolosamente, veía todo espeluznante, un nudo en la garganta le impedía tragar saliva, sus ojos brillaban de angustia, todo porque la puerta se abrió por el viento que en ráfagas corría en medio de la tempestad.
El otro, encantado asomaba la vista al fenómeno meteorológico que azotaba con furia, él se divertía con el ciclópeo espectáculo que provocaba el aire al reventar en las ramas, lo que le brindaba un éxtasis fascinante.
Ambos bajaban por las mismas barrancas, a uno le invadía el pavor, sudaba horror al verse expuesto a ese cúmulo de riesgos que lo ponían catatónico y entonces se desplomaba paralizado, cuando cada uno de sus poros drenaba un miedo indescriptible; el otro bailaba cantando sobre los riscos de aquel hermoso acantilado.
Sombras y luces, lágrimas y risas, uno sangre venosa, el otro arterial. Uno tenía fobia a la oscuridad, miedo al silencio, se asustaba con los cuervos, lo ponían nervioso los fantasmas que decía rondaban por el barrio y la infinidad de seres que amenazaban adentrarse en la finca que habitaban, monstruos de siete cabezas y largas lenguas de fuego acechaban en cada sombra, quedaba aturdido de tanto demonio  que se aparecía a su rededor, en las noches escuchaba lamentos detrás de las paredes, aullidos bajo el piso, ronquidos dentro de los armarios, era inseguro y friolento.
¿Por qué temblaba? ¿Por qué él vivía con esa congoja que le recorría el pecho? Sentía que lo vigilaban, mil ojos espías lo observaban obstinadamente, escuchaban sus pensamientos, le arrebataban su intimidad, se introducían en sus sueños para someterlo, para ponerlo contra las cuerdas, se entregaba, se rendía, ya no le quedaba dar alaridos del alma, sabía que nadie lo oía.
Culpaba a los dioses, al mundo, al sol, al polvo y al tiempo; sí, se habían confabulado para hacerle pedazos la vida; en secreto los acusaba de hostigarlo durante todo su peregrinar por aquel  valle de lágrimas, hasta volverlo loco.
Quizá su hermano le había quitado la energía, el coraje, la valentía, la fuerza, la osadía.  Con el desparpajo que le caracterizaba, su hermano había emigrado en busca de aventura en otras tierras, en otros mundos, con otra gente donde los colores brillaban, le había dejado solo en esa su pálida existencia, a ver si así se componía.